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El «Callejón de la Horca», el último ahorcado fue en la Nochebuena de 1877

«La historia de un barrio no es lo que ese barrio ha vivido,
sino lo qué ese barrio recuerda y cómo lo recuerda………….»

El «Callejón de la Horca»
(Hoy Avda. Eufemiano Jurado)

El último ahorcado en Las Palmas fue en la Nochebuena de 1877
(un zapatero de Arucas)

(Texto integro, prensa de la época)

El día 24 de mayo de 1876 se vio ensombrecida la ciudad de Arucas por un crimen horrendo. Se comentó profusamente, y la prensa lo ratificó, que un zapatero llamado Manuel Marrero (a) “Miquelo” le habla partido el corazón, con una cuchilla de su oficio, a un hijo suyo, Álvaro Marrero Martín, de unos catorce años de edad. Cometido el asesinato de su propio hijo, “Miquelo” encerró el cadáver en la cueva en que sería hallado a los cuatro días y huyó hacia Las Palmas. Se refugiaría luego en Telde, donde fue apresado. Parece ser que la esposa del “Miquelo”, Rafaela Martín, huyó también a la capital y buscó escondite en el Risco, temerosa ella de las furias del asesino.

En su edición del 10 de agosto de 1876 anuncia «La Prensa» que el procesado Manuel Marrero Reyes, vecino que era de la villa de Arucas, acusado del delito de parricidio en la persona de su hijo Álvaro Marrero y Martín, ha encargado de su defensa al licenciado don Emiliano Martínez de Escobar; y “El Independiente” inserta el 9 de junio de 1877 la noticia de que la Sala de Justicia de esta Audiencia ha condenado a Manuel Marrero a la última pena. El mismo periódico expresaría con fecha 2 de noviembre de aquel año su repulsa hacia la pena de muerte, con motivo de dar a conocer que el Tribunal Supremo había confirmado la sentencia de nuestra Audiencia, y saberse que el condenado sería ejecutado públicamente mediante ahorcamiento. Alza “El Independiente” su voz, rogando al pueblo lleve a cabo cuantas súplica»; de indulto le sean posible y termina de este modo: “La vida no nos pertenece por lo mismo que no podemos reanimar a un ser que ha dejado de existir. Dejemos que disponga de ella El que todo lo puede y respetemos sus justos fallos. La sociedad necesita que se la regenere, no que se le castigue”.

Pero la Pascua de 1877 sería triste en esta ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Crean, señoras y caballeros, que el mismísimo día de la Nochebuena lució el patíbulo cerca de Las Tenerías, casi donde hoy se abre la plazoleta de Santa Isabel, junto a una pared de piedra seca que había en el camino viejo que desde el desaparecido Castillo iba bordeando la mar.

A eso de las nueve de la mañana partió de la cárcel el cortejo, a llevar su acongojante pompa por la calle de los Reyes hacia el sur. El reo aparecía en el carretón ritual y al lado su confesor, arcipreste don Antonio Botella. Al llegar al tabladillo, donde la horca se alzaba y el verdugo aguardaba, estando callada absolutamente la multitud subió el condenado y con él el sacerdote que le confortaba en su trágico adiós a la vida. Se confesó el reo en el mismo patíbulo y autorizó a su confesor para dirigirse al gentío publicando su delito y su arrepentimiento. Miró luego de esto al verdugo, bisoño y con miedo, y no dijo nada. Enseguida echó aquél el nudo a la garganta del “Miquelo” y éste subió; pero no lo bastante para morir. La suerte se repitió varias veces, cruel y desatada, y la muchedumbre sintió cómo se le erizaba el pellejo. Al fin dejó de existir Manuel Marrero, y los periódicos protestarían por los sufrimientos que el desgraciado tuvo que atravesar para morir. Su dignísimo defensor, don Emiliano Martínez de Escobar, sacerdote insigne, reclamó su cuerpo para darle sepultura honrosa, celebrando el santo sacrificio de la misa por el alma del pobre ajusticiado.

Aquella tarde decía “El Independiente”:

  • El patíbulo se ha alzado de nuevo en la morigerada y culta ciudad de Las Palmas.
  • Confirmada por el Tribunal Supremo la sentencia dictada por este Tribunal contra Manuel Marrero, fue puesto en el día de ayer en capilla y ejecutado en el de hoy a las 9 de su mañana.
  • La resignación y presencia de ánimo no abandonaron a este infeliz hasta sus últimos momentos. Fue un espectáculo conmovedor el abrazo de despedida dado a los sacerdotes que le acompañaron y con sus palabras le preparaban a mejor vida.
  • EI Sr. Arcipreste D. Antonio Botella pronunció un patético discurso, y expresó al público que estaba autorizado por el reo para manifestar su agradecimiento a las autoridades y demás personas así presentes, como ausentes, en el empeño que se habían tomado para lograr el indulto; al propio tiempo que había sido culpable, no habiéndolo manifestado antes por el apego que todo hombre tiene a la vida.
  • Faltaríamos a nuestro deber si dejáramos de consignar aquí el espectáculo bárbaro que presenció el público en los 1 5 minutos de agonía que sufrió aquel desdichado, por imperfección de los utensilios. Ya que se despoja a un ser de la vida debería hacerse lo posible para ahorrarle padecimientos.
  • Un hombre culpable, y más que culpable desgraciado, ha expiado su crimen ante la Sociedad. ¡Roguemos por el eterno descanso de su alma!

Días después, diría «La Prensa»:

  • El 24 del corriente se alzó el patíbulo en esta ciudad para ejecutar al reo Manuel Marrero (a) “Miquelo”. Momentos antes de la ejecución el confesor, autorizado por él reo, hizo pública manifestación del crimen que realmente habla cometido, circunstancia la más trascendental de aquel terrible acto, puesto que con ello la Justicia, legalmente considerada, quedaba satisfecha, y tranquila la conciencia de los señores jueces y magistrados.
  • Renunciamos a describir la prolongada agonía de aquel desgraciado, que no libra de responsabilidad moral a la causa que lo motivó; pero séanos lícito protestar, uniendo nuestra voz a las protestas de la prensa de la localidad, y llamar la atención de quien corresponda para que no vuelva a repetirse jamás la desgarradora escena a que nos referimos.
  • Dios haya acogido en gracia al infortunado Marrero, cuyo arrepentimiento fue ostensible para todo el público que tuvo conocimiento de sus postreros actos religiosos.

Parece que este del «Callejón de la Horca» fue el último ahorcamiento judicial llevado a cabo en Las Palmas de Gran Canaria, pues aunque en los actuales tiempos nuestra ciudad se vio obligada a pasar por este dolor, con motivo de la ejecución de Juan García, “Corredera”, el de Telde fue privado de la vida en el interior de la prisión y no en horca, sino a garrote vil, muerte que si se le aplicó como la más deshonrosa habida, le hizo pasar, sin embargo, a la historia con honores de romance.

Antes del ajusticiamiento del “Miquelo”, habían sido ejecutados, a lo que parece por mano del mismo miedoso verdugo, tres hombres a garrote vil, en la Plaza de la Feria. En temporada de máscaras y aprovechando que el dueño de una casa de la calle de los Canónigos (hoy de López Botas) estaba de tertulia en el Casino y su sirvienta quedaba sola, se introdujeron a robar, por supuesto enmascarados. Al regresar el dueño del inmueble —de nombre don Laureano— encontró a la criada muerta y todo en desorden. Ante el peligro de que la mujer gritara la amordazaron de tal forma que la pobre murió asfixiada.

El último caso citado, uno entre los tantos célebres acontecidos en Gran Canaria a lo largo del siglo pasado, fue más sonado por la pena impuesta a sus ejecutores que por el crimen en sí.

 

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez – (Octubre 2013)

Fuente: ULPGC – La Provincia (29-12-1985)

 

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Comments

  1. mafersa el 31 octubre, 2013 - 10:11 dijo:

    Magnífico reportaje. Yo diría que uno de los mejores que últimamente se han pulicado en esta, nuestra web.

    Este reportaje abriría un debate: ¿Conviene o no, la pena de muerte? Muchos dirán que depende del delito cometido, otros que el hombre no tiene derecho alguno a arrebatar la vida de una persona, los creyentes: que sólo Dios tiene derecho a llamarnos a su eterno regazo, pero lo cierto es que cuando leemos en la prensa o vemos en televisión crímenes tan espeluznantes como el de ese padre de Córdoba que mató a sus dos preciosos e inocentes hijos, todos pensamos que si, que quizás para esos casos si que habría que imponer la pena de muerte, aunque particularmente, yo me inclino más por la cadena perpetua: que no salga jamás de prisión, para que su remordimiento (si es que lo tiene) le persiga durante toda su vida.

    Saludos a todos y enhorabuena a Carmelo por esta magnifica labor de divulgación de los recuerdos, ya idos por el tiempo, de nuestras memorias.

  2. Benjamín Sosa Suárez el 31 octubre, 2013 - 18:09 dijo:

    Buen reportaje no solo por tener presente el pasado y aunque no esté de acuerdo con la pena de muerte si, que se nos llena la mente de los recuerdos presentes ocurridos en nuestra Nación últimamente, y lo primero que se me viene a la memoria es lo ilógico del fallo de los Magistrados de Estrasburgo, quitando la razón a los Magistrados Españoles y a los cientos de miles de victimas que se han dejado por el camino a muchos familiares y a muchas victimas desoyendo a todos desde el Gobierno Español victimas de terrorista, así como muchas familias que se han dejado destrozadas por violadores y se ha visto como para estos sujetos se piden la libertad por medios de sus Abogados sin escrúpulos de ninguna clase.

    Pero aquí no, aquí pese a los esfuerzos de la multitud que lo pedían para que se salvara de la Horca, una de las peores muertes que se pueda dar, y después de intentarlo por varias ocasiones, al final lograron dar y cumplir la sentencia debida a lo que según los Jueces de la época merecía.

    De ahí el nombre de la calle como se la conocía del «Callejón de la Horca» y a pesar de cambiarle el nombre por el de Avda. Eufemiano Jurado, hoy muchos la seguimos recordándola como la calle del «Callejón de la Horca» que hoy nuestro amigo Carmelo Ramírez nos viene a recordar, no solo la efeméride de aquellas consecuencias, sino, de donde provino el nombre del «Callejón de la Horca»

    Muchas Felicidades a Carmelo Ramírez por todas estas alegorías del pasado.

    Saludos. Benjamín Sosa Suárez

  3. Pepe Díaz el 31 octubre, 2013 - 22:52 dijo:

    Recuerdo aquel “Callejón de la Horca”, incluso con el paso de tantos años, como un callejón estrecho de unos 5 o 6 metros de ancho; que bajando del Paseo de San José en dirección al Cementerio y en la misma entrada había una escalera de unos ocho o diez escalones (más o menos) y a la derecha una cantonera de agua.

    En el margen derecho y a todo lo largo del mismo, un muro como lindero de donde empezaba las fincas de plataneras (Vega de San José) con algunos portalones (no recuerdo cuantos) para entrada y salida de camiones.

    En el margen izquierdo recuerdo a Maestro Agustín el Mecánico, La tienda de los Peñates, más abajo la Panadería de Roquito y más abajo todavía donde vivía el gran escultor Luis Montull, atravesaba el final de la calle de los Reyes y llegaba al Cementerio.

    Estando completamente de acuerdo con los comentarios de “Mafersa” y “Benjamín Sosa Suárez“, así como agradecer y felicitar al Administrador de la Web «Carmelo Ramírez Pérez» que con tanto cariño y esmero mira el pasado y presente de nuestro “Barrio de San José”

    ¡ENHORABUENA!

    Saludos
    Pepe Díaz

  4. Trujillo el 1 noviembre, 2013 - 11:54 dijo:

    Si el “Callejón de la Horca” posiblemente fuera uno de los más nombrado y celebre del Barrio de San José, recuerdo que mi madre me mandaba a que le bizcocharan el pan que se ponía duro y que antes lo abría en dos tapas, recuerdo a Roquito un señor mayor y creo que estaba allí una hija suya, una señora alta y rubia, también a Jacintito que era el panadero.

    Era raro el día que no bajara por el algún entierro porque era el camino mas corto hasta el Cementerio, de las personas que fallecían en el barrio.

    En el terminaban las calles paralelas al Paseo de San José, como: Calle Joaquín Dicenta, Calle Salvador Calderón, Calle Corregidor Aguirre, Calle Dr. Nuez Aguilar y la Calle Reyes Católicos.

    Felicitar al responsable de la web por su extraordinario trabajo.

    Trujillo

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