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Palabras en la muerte de mi «Madre»

«La historia de un barrio no es lo que ese barrio ha vivido,
sino lo qué ese barrio recuerda y cómo lo recuerda………….»

PALABRAS EN LA MUERTE DE MI MADRE


Antes que nada quiero dar las gracias a todos los que nos acompañaron en el tanatorio, en el entierro y en el funeral por el alma de mi madre.

También quiero dar las gracias a los músicos que nos deleitaron en el funeral con ese Ave María, a Airam a la guitarra, Javier al clarinete y, cómo no, a mi hija Laura, al violín.

Mi madre, y lo saben todos los que le conocieron, fue una mujer dinámica, trabajadora, luchadora, con actitud totalmente positiva, alegre e independiente.

Mi madre, a quién sus nietos y nietas, y al final toda la familia la llamábamos “maita”, (me cuesta hablar en pasado) fue una mujer creyente, buena cristiana, que murió en gracia de Dios, que tuvo la dicha de recibir en su casa al sacerdote de la iglesia de San Francisco, su nueva parroquia, y recibir de él los Santos Óleos, lo que le proporcionó una paz y tranquilidad digna de mención.

Hondo pesar tuvo mi madre cuando tuvo que abandonar su casa de San José, hace unos siete años, ya que sus piernas le impedían subir las escaleras hasta su piso.

Cómo no celebrar el funeral en su querida parroquia de su querido barrio de San José, cuando, aun habiendo nacido en Tejeda, pasó la mayoría de su vida en este, su barrio, donde junto a mi padre construyeron nuestra casa, donde vivimos felices sus tres hijos hasta que cada uno fuimos tomando derroteros diferentes por imperativos de la vida misma.

En ese edificio montamos un colegio, el Colegio Academia San José, donde recibieron sus estudios primarios una gran parte de los vecinos actuales del barrio, donde mi madre, como gerente, fue el motor que impulsaba la actividad educativa del mismo, añadiendo una hora extra diaria para incluir conocimientos suplementarios a los alumnos, como clases de inglés, y otros conocimientos no reglados.

Recuerdo las primeras comuniones de los alumnos, saliendo del colegio hacia la parroquia en fila india, todos ellos vestidos para la ocasión, y que, una vez recibida su primera comunión, les ofrecíamos un desayuno de churros con chocolate en el local de la Acción Católica. Así celebrábamos también los carnavales.

La inquietud intelectual de mi madre la empujó a cursar los estudios de Peritia et Doctrina, de la universidad de las Palmas de Gran Canaria, que los concluyó a los ochenta años de edad, no desvinculándose nunca de la universidad, a la que asistía a cursillos y conferencias, hasta que, con gran pesar suyo, sus piernas le impidieron seguir haciéndolo.

Nos contaba con gran ilusión sus viajes de fin de curso, a Roma, al Vaticano, Florencia, etc., y más de una vez le oí decir, yo ya he estado allí, pero no me importa volver.

Sus compañeros de la Asociación Peritia et Doctrina le ofrecieron un homenaje y le dieron una placa por ser la primera nonagenaria de la Asociación.

Mi madre se quedó viuda con sólo cincuenta y un años, pero supo sacar a la familia adelante y darle una carrera universitaria a sus tres hijos.

Ya sé que cuando una persona fallece se tiende a hablar bien de ella, y más si es tu madre, pero es que maita, mi madre, era extraordinaria, si no, 

¿Cómo me explican ustedes que a los noventa y un años, un mes antes de fallecer, le dijera a su sobrina Sara que estaba ahorrando para la vejez?

¿O que dijera, casi al final del proceso de su enfermedad, echando pestes, que como era posible que ahora dijera la doctora que lo que tenía era una gripe, después de decirle que tenía ni se sabe cuántas cosas? Y es que la doctora de paliativos ya no sabía qué enfermedad inventarse para ocultarle la cruel realidad.

Me contaba entristecida y enfadada como la habían toreado con la Ley de la Dependencia, que fue de las primeras en solicitarlo, que fue evaluada y aprobada su prestación, pero nunca recibió absolutamente nada.

A mi madre le encantaba ir a la terraza del hotel Madrid, frente a su casa, donde, invariablemente, pedía su appletiser y el periódico, y allí se pasaba un par de horas tomando los rayos de sol.

Últimamente la llevábamos en silla de ruedas porque ya no se tenía en pié.

¡Ya no habrá más paseos a la terraza del hotel Madrid con maita!

Permítanme que les recite sólo un par de versos del poema de Carlos Alberto Boaglio titulado “Cuando yo me vaya”

Cuando yo me vaya
No quiero que llores,
Quédate en silencio,
Sin decir palabras
Y vive recuerdos,
Reconforta el alma

Si sientes mi ausencia
No pronuncies nada,
Y casi en el aire,
Con paso muy fino,
Búscame en mi casa,
Búscame en mis libros,
Búscame en mis cartas
Y entre los papeles que he escrito apurada

Les ruego una oración por el eterno descanso de su alma.
Gracias

 

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez – (Mayo 2014)

Fuente: Manuel Fernández Sarmiento

 

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