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Recuerdos de San José dedicado al pintor canario “Manolo Ruiz”

“La historia de un barrio no es lo que ese barrio ha vivido,
sino lo qué ese barrio recuerda y cómo lo recuerda………….”

Descansa en Paz

Olegario Marrero Tadeo

El pasado miércoles, 9 de octubre de 2013, nos dejó a los 64 años de edad el poeta grancanario Olegario Marrero Tadeo, dejando como últimas letras estos párrafos dedicados a su gran amigo Manolo Ruiz Rodríguez, al barrio de San José y a su “Portadilla”La transcripción literal de estos párrafos no es el fiel reflejo que poéticamente nos tenía acostumbrado el amigo Olegario, debido a su incapacidad física y sensorial de sus últimos días.

(Texto integro de la transcripción)

RECUERDOS DE SAN JOSÉ

Te acuerdas Manolo, en aquellas tiendas colgaban morcillas que iban escurriendo el sudor y chorizos revenidos, el mostrador reforzado de aluminio donde echaban copas de ron con un papel vaso debajo, y aquellas copas de la raya colorada y el culo gordo, con tomates picados con sal gorda e hilvanarse aquellos piscos de un trago, y alguna aceituna revenida que las cogían con palillos que parecían pelotas de futbolín.

Que tiempos heroicos aquellos Manolo, te acuerdas los tarros de pastillas de colores, los boliches, hasta que llegaron los chicles bazoocas que con una peseta te llenabas toda la boca. Había mermelada Tirma en conserva, íbamos a merendar con el pan de la Dulcería de los Alemanes que cuando se enfriaba parecía que era de goma.

En San Vicente de Paul vivía Mariquita que cantaba en la azotea mientras fregoteaba o hacia que tendía la ropa; el se fue en un barco para el extranjero era rubio y alto.

Y Juanito “El Narizudo”, abajo en la tienda poniéndoles el rabo a las mujeres, y algunas le ponían el culo porque tenían una deuda de cuarenta semanas, una libreta llena de números y de palotes, coño entonces Juanito se aprovechaba. Sabes que en la puerta del mostrador tenía una trampilla por debajo y aquello le servía de disimulo donde ponía las papas tapando los rincones allí, y el bidón del aceite y el petróleo, algún saco de millo y unas bolsas grandes para darle de comer a las palomas.

Como recuerdo la dulcería, el cine y la tabaquería la “Calzonúa” en La Portadilla.

Azoteas y más azoteas y sobre una azotea otra más pequeña, palomares con las maderas ya grises por el tiempos, se sostenían con cachos de alambres que cogían por ahí. Por esa época tirando para arriba por las laderas, las crestas aquellas de la batería donde las calles estaba llenas de escombreras y piedras que rodaban para abajo.

La calle de San Francico Javier donde había unas peleas del diablo entre los “Robencinos y los Patarrasas” enemigos irreconciliables.

Allá por la finca de Wiott, abajo por el Callejón de la Horca tan recordado, hoy calle Eufemiano Jurado. Este callejón célebre llegaba al Molino de Pineda y abajo a la Plazoletilla de los Reyes donde iban a parar todos los que enviaban a las plataneras en el último viaje, acompañado de deudos y amigos que no se veían nunca sino en esas ocasiones, allí al lado del palo gordo, el tronco gordo en la misma puerta de la tienda de Suso, el del Barranco de la Virgen de mi pueblo, de Valleseco, vivían las hijas muy buenas chicas allí, y tenía también la tienda dividida en dos una para los comestibles y otras para las copas. Juanito el de la funeraria llevaba el coche de él con Juanito Rodríguez Doreste, con cuatro pilastras y penachos y adornos de chorreras, buen motor, iba despacito a paso de cristiano. Llegaron allí a la tienda y delante, el cura empezó con la mano dándole finiquítates al cadáver montado sobre cuatro hombros. El cura cogía el rociador aquel, era la época en que los curas le daban el Padre Nuestro y tal, y algunos le caían en la cara y le quedaban las gotitas en la frente como un cosquilleo. Y allá dentro los demás con la puerta casi cerrada, echándose sus copitas en honor de su amigo el fallecido. En el último trayecto habían unas hiedras hermosas y más allá estaba el Grupo Escolar Cervantes, por allí Juan Brito tenía una finca de alfalfa y zanahorias con el sombrero canelo echado para atrás y el cuchillo canario en el cinto.

Buenos maestros como Don Sixto Don Francisco Brito Mayor, Don Antonio, Don Pedro González.

Volvemos al Paseo de San José encontramos a Talilo babeándose el pobre todo, recuerdo al Patarrasa con sus manos negras agarrándosede la gran tajada que traía, vivían de ron, alcohol rebajado con agua pero vivían coño.

La iglesia de San José y el Bar de Pepe Vega, esperando que llegue el bote de Tomás Morales porque gano en una regata reñida de apuestas el porteño, al loro. Pepe Vega lleno de mierda con aquellos pantalones brillantes de limpiarse, era el presidente del bote Tomás Morales.

Don Andrés, celebre maestro para niños imposibles, les daba leña, el maestro zapatero Nicolás, calles con nombres característicos. Abajo el mar y arriba la ladera donde alguna estrella se dibujaba.

Y lo más grande que alcanzaba la vista era la Torre de la Casa del Niño, allá en las afueras de San José. Algún eucalipto en el paseo. La tarde de invierno la lluvia fina cayendo y las bombillas con una protección.

 

 

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Semblanza del poeta >>>>

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez – (Octubre 2013)

Fuente: Manuel Ruiz Rodríguez

 

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Comments

  1. EMILIO RAMÍREZ SUÁREZ el 12 noviembre, 2013 - 3:34 dijo:

    -AMIGOS DE UN DÍA-
    ¿Cómo se pueden dos personas decir amigos,cuando apenas se conocen de unas horas de animada charla?Ese ha sido mi caso,o nuestro caso.Sucedió un determinado día en la tarde que por casualidad nos vimos reunidos en un Restaurante de la calle Tomás Morales Manolo Ruiz,Julián González,y un servidor que aparecimos por allí y en el se encontraba Olegario Marrero y otro amigo de él.Me lo presentan,y me indica donde se ha criado y a su vez yo le indico lo mismo.Empezamos a recordar cosas y anécdotas de nuestra infancia y juventud del barrio de San José.A los pocos minutos ya la empatía era total,pues parecía que nos conocíamos de toda la vida,al ser coincidentes sus recuerdos y mis recuerdos,y fué como si nos estuvieramos viendo años y años desde la infancia.Esto que cuento ,es muy difícil de definir,ya que me lleva a la conclusión vital de la existencia de que tiempo y espacio no existen.Un instante puede ser toda una vida condensada.Alli,surgió entre ron y whisky mediados con un Krüger una gran amistad,de pensamientos y de querencia al terruño.Yo escuché con deleite algún rápido y sentido poema de su autoría y terminamos,recuerdo,con permiso del dueño del local entonando alguna canción autóctona y clásica salida de una voz maravillosa que a Olegario le defínia como poeta y que yo oí con deleite como si fuera una vez más,cuando realmente nos conocíamos hacia unas horas.Pasado el tiempo,el amigo Julián me indicó que estaba enfermo,y en silla de ruedas y yo le indiqué que le llamaría un día,y ese día por abulia y desidia nunca llegó de lo cual me arrepiento.Hoy,ha sido hoy,cuando después de regreso de un viaje,me leo los maravillosos correos del amigo Carmelo Ramírez y me encuentro con la triste noticia de la pérdida de un ser único,con un sentido de la solidaridad, de inteligente pensamiento,y de amor a lo sencillo y un enamorado de la tierra que le vió nacer.Amigo Olegario, mi amor por un día fué para tí,y me correspondiste con la misma moneda.Descansa en paz,y reciban sus familiares mi sentido pesar y que el Divino Hacedor le haya acogido en su seno. Adiós hermano de un día. EMILIO.

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