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       Barrio de San José - Las Palmas de G.C.

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Relatos del Risco San José – (I)

«La historia de un barrio no es lo que ese barrio ha vivido,
sino lo qué ese barrio recuerda y cómo lo recuerda………….»

Relatos del Risco San José
(I)

Pequeñas pinceladas dentro de esa tormenta gris de las grandes ciudades, toques de color en el hacinamiento humano, alegría y vida de esas barriadas periféricas (vómitos de asfalto, cemento y hierro del progreso). Seres humanos conocidos por todos, queridos, criticados; seres al margen de la moral oficial…; cómicos o tristes, pícaros o altruistas, amantes del soliloquio o parlanchines; conocedores de los rumbos de las estrellas fugaces, adivinas de un futuro sin sueños… parcelas del surrealismo que aparecen con tan sólo doblar una esquina.

Ellos, los que se emocionan con los recuerdos del pasado, los que se metieron en su mundo ante una destrucción que se veía venir como las barranqueras que bajaban de las laderas en épocas de lluvias. Amantes de la antigua Vega de San José, donde la existencia se repartía entre el trabajo y la tranquilidad: arreglar un techo y jugar un subastao, charlas en el escalón de una puerta y la cría de las palomas. Ellos que, como decía Panchito, “nos reuníamos en las tardes libres para arreglar las cloacas del barrio”. Los mismos que añoran aquella Vega, otrora famosa, por el gofio que salía de sus plantaciones de maíz o por sus “frondosas plataneras, cuyo apetecido y frondoso fruto, cuando están en sazón, parecen racimos de oro”.

Llegó el boom turístico y en la década de los sesenta comenzó a venderse sol y paisaje, mientras llegaban foráneos de pieles blancas con otros ritos y con otros sueños, con otras lenguas y usanzas… como lobos marinos en invierno a tirarse a lo largo de nuestras costas, ¡sol por dinero! (el milagro español). Con ellos aparecieron las agencias de viaje, los touroperatours, banqueros, inversores alemanes, especuladores…: planificadores del futuro, acompañados de las innovaciones técnicas: tractores, palas mecánicas, grúas, máquinas chinas… Con un afán enorme de matar a las afortunadas para hacer sus fortunas. La pequeña ciudad asentada en el Guiniguada, vio cómo aparecían grandes hoteles donde antes había arenales o dunas, y cómo la aulaga, el cardón y la tabaiba fueron sustituidas por cocoteros de no se sabe dónde; bungalows, autopistas y moles de veinte pisos donde antes había fincas de plataneras; salas de juego, discotecas, casinos y bingos, donde había sociedades, timbeques, casonas, jardines; asfalto donde acequias y estanques…

En los alrededores se agolpaba la mano de obra que procedía del sur o del centro; gente acostumbrada a su tierra, a su paisaje, muchos de los cuales apenas conocían la ciudad. Se hacinaron en las barriadas, dejaron la agricultura, la artesanía, la pesca y pasaron a ser camareros, obreros de la construcción, maleteros, recepcionistas, chicas de la limpieza, de algunos hoteles con estrellas que jamás formaron constelación.

Crecieron los barrios en la clandestinidad de la noche sin zonas verdes, sin ningún tipo de equipamiento; y el zigzag de sus callejones por donde correteaban los chiquillos, donde la luz se dormía en el sopor de las tardes con olor a pasote y a tomates, comenzó a producir agobio entre sus moradores, arco iris breve en ese cinturón del olvido que rodea al progreso, donde la especulación y el desconcierto se levantó como un Saturno devorando a sus hijos.

 

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez – (Agosto 2015)

Fuente: Miguel Ángel Sosa

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