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Relatos del Risco San José – (III)

«La historia de un barrio no es lo que ese barrio ha vivido,
sino lo qué ese barrio recuerda y cómo lo recuerda………….»

Relatos del Risco San José
(III)

De todas las calles, desde el Moñigal a la Portadilla, bajaba la gente con sus almidonados trajes de domingo, confundiéndose en la algarada de ventorrillos, puestos de turrones y garapiñadas, cucuruchos de manices y roscas, calamares asados y chocos, manzanas derretidas en caramelo y chochos. A todo ello daba un toque de alegría las banderas de trapo y papel que pendían de alféizar a balcón, de gárgola a azotea; mezclados con tiras de bombillos que, acostumbrados a tantas fiestas, seguían con un ritmo intermitente los bullangueros temas de la banda de Agaete. Todo era un desborde de alegría, bailes, gritos… paraditas para echarse un pizquito o una tapita en los ventorrillos o a cá Pepito. Atraídos por los olores penetrantes del pescado en adobo, las aceitunas en mojo, las carajacas, el pescado frito

-Pepitoo, decía uno-, póngame un ron y una croqueta con premio.

Y los demás se reían, conocedores de que los premios de las croquetas consistían en las espinas dentro de la masa. Pepito, pachorrú, seguía la coña, adherido siempre a su barriga como una la lapa a la piedra.

-¿Qué, Pepito, ya está la cochina llena? –preguntaba otro-.

Y una vez más las risas, procedente de un grupo de sabedores de que se refería a una lata donde guardaba el dinero y que desapareció una mañana no se sabe cómo.

La música había cesado, aunque se mantenían en pie pequeños grupos que hablaban y reían mientras los otros emprendían la procesión de vuelta a casa, con algún que otro tropiezo entre ráfagas de hipo.

Rompía la mañana envuelta en nubes pesadas y grises sobre un mar picado. Los Robencinos, Mascahierros y algunos vecinos más, con sus ocho o diez cabras vendiendo «medidas de leche» por aquellos callejones y barranqueras buscándose el salario diario.

Los artilugios de la fiesta: bombillos, banderas, toldos… eran agitados por la brisa, como si fuesen los únicos que permanecían con fuerza para continuar con la verbena.

El cielo negro terminó descargando, y un potente aguacero hizo de barrendero de la fiesta, arrastrando los restos de la noche en unas barranqueras agrandadas con las que bajaban de las laderas. El agua corría por todos los recovecos, se adentraba por algunas ventanas, se lanzaba al precipicio de la calle desde los cañizos de las azoteas, reventaba cañerías, se filtraba por los techos… El agua, siempre tan necesaria, bajaba ahora como un cuchillo afilado desde lo recóndito del espacio. Rompiendo, cortando, desvencijando… La fuerte barranquera reventó el muro del cementerio de los ingleses, y los rostros atónitos desde los cristales de las ventanas, aterrorizados por la desproporción del fenómeno, vieron cómo las aguas arrastraban los restos de Mr. John y Mr. Brown, miembros de la colonia inglesa en la isla, pertenecientes, tal vez, a la Blandy Brothers o The Grand Canary Coalyng…, moradores del barrio de los hoteles, algunos de los turistas que paraban sus tartanas en la avenida para fotografiar la Vega, aquellos que nos nombraba Alonso Quesada…, transformándose todo en una noche de golems y zombis, en que los ingleses fueron a dar una vez más con los huesos en la tierra, noche más propia de una pesadilla que de una realidad tras la ventana.

Lolita, –la médium del barrio-, conocedora de ungüentos capaces de evadir cualquier mal, pócimas que conducían al logro del amor perfecto, presagios con visión de futuro…, repetía, balanceándose en su mecedora: Cuando los dragos florecen tarde, lluvias primeras causan desastres.

 

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez – (Agosto 2015)

Fuente: Miguel Ángel Sosa

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